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miércoles, 17 de noviembre de 2010

“EL SECRETO DEL MOLINO DEL CUBO”
                                 


ÉPILOGO

DIARIO DE ORGUF

Toledo 28 de junio 1420 año de nuestro Señor.

         Sólo quedo yo. Toda mi tribu ha sido ajusticiada por traición. Desde que aquellos extranjeros me salvaran de morir decapitado, no me he separado de ellos. Es más, por ellos me convertí al cristianismo, aunque nunca olvidaré las creencias de mi pueblo ni mi dios verdadero Alá. Por ello, estoy en deuda con ellos y los serviré fielmente hasta la muerte.

         Ellos me han transmitido sus leyes, costumbres y creencias, haciendo de mí uno más. Yo, por otro lado, les he sido de mucha ayuda. Les he transmitido todos mis conocimientos, pócimas y demás secretos que mi padre, jefe de nuestra tribu del desierto, me había enseñado.

         Todo ha cambiado rotundamente. Nos llegan noticias de que a nuestros hermanos los están torturando y asesinando, incluso quitándoles sus pertenencias y, lo peor de todo, culpándolos de herejes. Pero eso no es verdad y doy fe de ello, pues la fe que mis hermanos procesan a su dios es inmensa, hasta el punto de dar su vida por él. Lo que buscan es conseguir el mayor tesoro que hasta ahora se conoce, sin saber que ese tesoro está maldito y sólo traerá desgracias a quien lo posea.

         Ahora me veo en una situación muy complicada. El maestre mayor del Temple me pide en secreto que use mis conocimientos, aún sabiendo que el uso de ellos va en contra de su creencia. El sólo pedírmelo me ha puesto el bello de punta, pero no se lo negaré. Dentro de tres noches, cuando nos encontremos en el molino a donde nos dirigimos para ocultarnos y proteger el tesoro, que por cierto coincide con la luna nueva, cuando esta se halle en lo más alto del firmamento, haré el conjuro y que su dios y el mío nos perdonen si nos equivocamos.

         El conjuro consistirá en la protección del tesoro por un hechizo, de manera que todo aquel que dé con el tesoro quedará preso de él en la vida y en la muerte, debiendo encontrar otra alma que lo sustituya si se desea la liberación de la suya. Con esto, conseguiremos que ese maldito tesoro, que a costado la vida de tantos hermanos por la avaricia de un rey y un Papa, quede inutilizado.

         Escribo esto para mis hermanos, pues una vez allá realizado mi conjuro seré el primero en quedar preso del mismo y como advertencia a cualquiera que ose su búsqueda el conjuro permite que nuestra alma sea vista por los demás si nosotros lo deseamos.

         También quiero pedir perdón a mis hermanos por no poder despedirme de ellos, ya que si supieran lo que trato de hacer de seguro no me lo permitirían. Les dejo junto con mi carta, todos los pergaminos con mis conocimientos por si les fuera necesario alguna vez.

         Que Dios y Alá bendiga a mis hermanos.

Firmado Orguf.



COMIENZO DE LA HISTORIA


VERANO DE 1998

         Llegó la mañana. Durante las vacaciones, los chicos de la localidad solían salir a jugar en grupos, como si de pandillas se hablara, desde bien temprano, pues en el verano era la costumbre por estos lugares. El único sitio donde podían hacerlo sin sufrir el fragor del calor era el parque, que era bastante grande y se encontraba repleto de jardines con árboles frondosos y una fuente enorme de la que bebían toda clase de pájaros, que hacían del calor algo más llevadero. Su paseo central, bastante amplio y largo, se quedaba pequeño en esta época por la afluencia de gente.

         Paco, un chico de trece años, había quedado con sus amigos Luís y Miguel, de la misma edad y compañeros de colegio, para ir a un paraje a las afueras de la población llamado el Molino del Cubo, donde podían jugar sin molestar ni ser molestados. Además, era frecuente, a pesar de su lejanía, el ver grupos de jóvenes por aquel paraje en el cual se hallaban los restos de un molino y un arrollo de los pocos que en esta época tienen agua en abundancia. Allí los chicos aprovechan para bañarse y matar el tiempo, sin saber que aquellas ruinas envueltas en vegetación, desgastadas por el tiempo, encierran una parte de la historia ya casi perdida por el paso del tiempo, que solo perdura en algunos antiguos escritos y ciudadanos cultos y nostálgicos.

         Los chicos suelen bañarse en las pozas que el desnivel ha ido labrando en la roca del cauce del río, formando una serie de cascadas y albergando toda clase de especies animales en el entorno, haciendo del lugar un sitio maravilloso a la vez que mágico, de los que son difíciles de encontrar por estos términos.

         Pero ese día, esos chicos, más que llamarles la atención el baño o la diversión de pasar una tarde de juegos entre amigos en aquel lugar, era otra cosa lo que les rondaba por la cabeza. Los chicos habían oído hablar de que ese lugar guardaba un secreto. Esa noticia hizo a los chicos despertar su curiosidad aunque no sabían a quien preguntar pues a todo el que preguntaban le respondía lo mismo: que si un fantasma, que si eso era mentira,… Los chicos estaban desconcertados. Pero ellos se habían propuesto saber la verdad y llegar hasta el final.

         Paco, el cabecilla del grupo por así decirlo, había oído hablar a unos ancianos del pueblo, en sus tertulias matinales, comentar la historia. Uno de ellos, hacía referencia a un antiguo profesor de la vieja escuela de nombre Don Manuel, el cual se suponía savia toda la historia. Aunque ya hacia tiempo que Don Manuel no ejercía, se comentaba que había sido un profesor muy severo, además de tener un genio un tanto brusco que con el paso del tiempo se había endurecido. Jubilado, dedicaba el tiempo a leer libros de historia y a escribir algún artículo en los periódicos y revistas locales. También gozaba de la fama de ayudar a aquellos jóvenes que se interesaban en aprender y acudían en su ayuda.

         Los chicos sin pensárselo dos veces se dirigieron hacia la plaza mayor, lugar apacible donde los mayores del pueblo pasaban el tiempo en sus discusiones o echando la partida en el casino. La plaza, situada en el centro del pueblo, también acogía al ayuntamiento, edificio emblemático de los tantos que hay por estos lugares. En el centro de la plaza, toda rodeada de setos y flores junto con asientos intercalados de papeleras, se encontraba una fuente central, la cual siempre estaba en funcionamiento haciendo alarde y refrescando el ambiente.

         Al llegar a la plaza, los chicos vieron a Don Manuel que paseaba por el lugar con una novela en las manos:

-         ¡Ahí está!, dijo Miguel.

         Sin pensarlo dos veces, los chicos se dirigieron hacia él. Al llegar a su altura, los chicos se frenaron en seco sin saber qué decir. Don Manuel, al percatarse de la presencia de los chicos, levantó la mirada y frunciendo el ceño dijo:

-         ¿Qué queréis chicos? Con una expresión en su rostro que asustaba.

-         Dicen Don Manuel que usted sabe muchas cosas del “Molino del Cubo”, Respondió Paco.

-         Algo sé. Pero, ¿qué queréis saber chicos? Volvió a responder Don Manuel.

         Paco, que era más lanzado, se adelantó preguntándole de nuevo:

-      Don Manuel, estábamos pensando si usted nos podría contar la verdadera historia del “Molino del Cubo”.

-      ¿Alguna en concreto chicos?, dijo el profesor, cambiando su actitud severa a un tono más apacible, como si supiera de antemano lo que iban a preguntarle.

-      ¿Cómo que alguna en concreto? ¿Acaso hay varias? Dijo Paco con un aire de sorpresa.

-      ¡Pues claro! Toda historia tiene varias versiones. Lo que hay es que averiguar cuál es la cierta. (Contestó el profesor)

-      Es que, la otra tarde escuche una conversación de unos mayores que decían que en el “Molino del Cubo” hay un fantasma ¿es eso verdad Don Manuel? Volviendo a intervenir Paco.

         Don Manuel se frotó el mentón y, dando un suspiro, se sentó en el banco más próximo, haciendo un gesto de invitación para que se sentaran junto a él. Después de pensar un momento, los miró y les dijo:

-      ¿Qué sabéis de la historia del molino del cubo?

-      Juan contestó: lo que hemos oído. Pero hasta ahora sólo sobre un fantasma y un tesoro, aunque la verdad es que no terminamos de creérnoslo. Según decían en el colegio, se trata de un molino de harina que usaba la caída del agua para hacer girar una rueda y moler el trigo o algo así.

-      Yo lo del fantasma si lo había escuchado pero no me llamó mucho la atención, pues yo no creo en fantasmas, interrumpió Miguel.

-      Más bien que te da miedo, dijo Paco riéndose.

-      ¡Pues de eso nada! ¡Yo soy un valiente y algún día lo demostraré!, dijo Miguel haciendo réplica a la afirmación de Paco.

-      Bueno bueno, ¿os la cuento o no?, dijo Don Manuel en tono enfadado.

-      Luis, que era más serenado, puso paz de por medio diciendo: ¡Siga usted Don Manuel! ¡No haga caso a estos dos y siga usted por favor!

-      Está bien. Independientemente de la leyenda que viene contándose desde tiempos remotos acerca de un fantasma, la cual puede ser verdad o no, lo que os voy a contar es lo que más se puede aproximar a la verdad de esa edificación y su entorno:

        Fue construido en la edad media, se cree saber que por la “Orden de Calatrava” y no sólo eso, pues esta zona estaba dividida por dos órdenes: una la Orden de Calatrava y la otra la de Santiago. Ambas se disputaban el dominio de los territorios conquistados a los musulmanes, dando lugar a enfrentamientos internos y sucesos sin aclararlos en las distintas zonas controladas por estas congregaciones.

        En esa época el controlar un molino de cereales y sus alrededores suponía para ellos mucho poder, pues no penséis que aquí siempre ha estado todo rodeado de olivos. Tan sólo había una pequeña parte. Lo demás era tierra de cultivo, sobre todo de cereal. Además, a nadie se le permitía moler su propio grano, obligando a los ciudadanos a acudir a ellos, no sin antes pagar por los servicios con parte de la harina molida, la cual luego ellos vendían en los mercados o a grandes comerciantes del reino.

        Con el transcurso del tiempo, las disputas dieron paso a muchos rumores y misterios creando sin saberlo una serie de leyendas del lugar, las cuales hablan de tesoros y maldiciones que llegan hasta nuestros días.

-         ¿Un tesoro?, preguntaron los tres a la vez, ¡Siga por favor!

         Don Manuel, al ver el interés que había levantado entre los chicos, se acomodó y haciendo uso de sus conocimientos sobre el tema siguió contando la historia:

-         Pues nada oíd:

         En ese sitio a través del paso del tiempo como ya os he dicho se han ido sucediendo una serie de acontecimientos, muchos verdad y otros mentira, y muchos se han ido perdiendo en el tiempo. Pero la verdad, yo creo que toda historia tiene algo de mentira y de verdad. Bueno vamos a lo que vamos.

         Dicen, que pasado el tiempo, el molino fue abandonado quedando en ruinas y expoliado. Un pastor, una tarde noche de viento y agua en que volvía de aquellos parajes con su ganado de pastorear, al pasar junto al puente que cruza el arrollo, percibió que algo lo acechaba y al volverse quedó petrificado. Vio lo que parecía ser un fantasma. El buen hombre, paralizado, tembloroso y sin habla, cerró los ojos no dando crédito a lo que veía, pensando que al volver a abrirlos todo fuera una pesadilla. Pero no fue así. Se arrodilló presa del pánico, implorando a Dios por su vida.

         Cuentan que el pastor describió que el fantasma iba vestido todo de negro, con una túnica muy parecida a las que usaban los monjes en antaño y un rosario que le servía de cinturón con unas cuentas enormes. Pero lo que más asustó al pastor era que no tenía pies, con lo cual no tocaba el suelo. El rostro era negro, bueno,… Más bien no tenía rostro, sólo unos ojos que brillaban en la oscuridad que hacía poner el bello de punta.

         Según el pastor, este ser le habló con un acento difícil de entender, contándole que en ese lugar se ocultaba un tesoro, el cual haría entrega al que lo siguiera diciéndole con una voz penumbrosa: ¡Si quieres ser feliz sigue tras de mí!, a lo cual el pastor no se sabe si por avaricia o terror accedió siguiendo al fantasma hasta lo alto del rió, donde se produce una cascada enorme. La cascada más grande de todas, donde el terreno pasa de ser llano a escarpado y abrupto.

         Y como si de Moisés se tratara, el fantasma, profiriendo unas palabras en un idioma extraño, hizo que el agua a su paso se apartara y la misma roca desapareciera, dando lugar a una gruta enorme de la cual salía una luz cegadora producida por el reflejo de unas antorchas, que se encendieron como por arte de magia iluminando un tesoro de joyas, oro y piedras preciosas que abarcaba toda la gruta.

         El buen pastor al ver aquel magnífico tesoro pensó en lo que podría hacer con toda aquella fortuna, ya que él había sido siempre muy pobre, pues el rebaño que el conducía pertenecía a uno de los grandes señores del pueblo. El pastor con la cabeza agachada y la voz temblorosa perdió el miedo momentáneamente y le pregunto: ¿Que debería hacer yo vuestra merced para que ese tesoro fuera mío?, a lo cual aquel espectro respondió: ¡Debes ocupar mi lugar y todo será tuyo!

         El pastor tragó saliva y preguntó: ¿Ocupar vuestro lugar? ¿Cómo es eso?, dijo el pastor volviendo a sentir el miedo que por un momento había perdido, deslumbrado por el maravilloso tesoro que habían visto sus ojos.

         Andaba ya el pastor haciéndose a la idea de lo que aquel ser podía estar pidiéndole y temblándole las piernas y tartamudeando de miedo preguntó: ¿No me estará diciendo vuestra merced que me voy a convertir en fantasma? Y sin esperar respuesta de aquel espectro, arrancó a correr río abajo, como alma que sigue el diablo, dejándose atrás ovejas, cabras y demás animales hasta llegar al pueblo donde terminó exhausto.

         Cuando los vecinos del pueblo acudieron a socorrerlo y estuvo más calmado, fue interrogado por la guardia civil a quien contó lo sucedido, no dando éstos crédito a sus palabras, llegando a tratarlo de loco y siendo en lo sucesivo el hazmerreír de todo el pueblo. Además, cuando volvieron al lugar donde contaba estaba la gruta no había ni rastro de ella todo era maleza y agua.

         El rumor siguió corriendo y por todo el pueblo siguieron riéndose del buen pastor durante mucho tiempo. Hasta que un buen día llego a oídos del párroco de la iglesia que, interesado en la historia, llamó al pastor y preguntó lo sucedido en aquel paraje bajo confesión, pues así se aseguraba el párroco de que dijera la verdad. El pastor accedió a la petición del párroco, pues era buen cristiano como casi todo el mundo en aquella época, no sin antes advertirle del peligro que podía correr el párroco si accedía al lugar de noche y sólo.

         Aunque mucha gente se había reído de él, la verdad es que a partir de lo sucedido al pastor, las gentes del lugar procuraban no acercarse de noche por aquellos parajes. Un buen día, de la noche a la mañana, el párroco desapareció sin dejar rastro. Cuentan que la avaricia de dicho párroco por conseguir ese tesoro lo llevó a caer en el abrazo de la maldición del fantasma, liberándolo de su carga y ocupando su lugar.

-         Y, ¿cómo sabe la gente si es el cura o no?, preguntó Paco.

-         Pues dicen que el cura no dejó ni rastro de él y en una de las siguientes apariciones el fantasma iba con sotana. La misma que llevaba el cura, volviendo a responder al muchacho el profesor.

-segundo capitulo del molino el cubo

-         ¡Bueno, vale!, interrumpió Paco, ¿pero de donde iban a sacar un molinero y unos curas un tesoro tan inmenso?

-         Yo no digo que esa sea la historia verdadera lo que digo es que como os mencioné antes, todas las historias tienen algo de verdad, replicó el profesor. En la edad media los molinos eran regentados por los ricos, los poderosos u órdenes religiosas. Precisamente, en ese molino era la de Calatrava, como ya os he contado. Dicen que en dicha orden se ocultaban muchos religiosos provenientes de otras congregaciones desaparecidas. Incluso se cree que se escondían muchos templarios.

-         ¿Templarios?, dijo Paco, ¿qué son los Templarios?

-         Ahora os lo explico, dijo Don Manuel: los Templarios fueron una orden religiosa creada para la misión de santificar tierra santa en lo que se llamó las cruzadas. Dicen que en sus viajes a tierra santa, en la zona de Jerusalén buscando reliquias religiosas, dieron con un tesoro enorme y unos pergaminos que contenía sabiduría como no ha habido otra en el mundo, de nombre conocida como alquimia, hoy perdida en el tiempo. Sólo queda de aquello de lo que hoy llamamos vulgarmente magia o esoterismo.

         Los chicos, ensimismados con la historia, prestaban toda la atención, pues era la primera vez que habían oído esa historia contada de esa forma y, además, de boca de alguien con la sabiduría y el conocimiento de Don Manuel.

-         ¡Un tesoro! ¿Os lo podéis imaginar?, dijo Paco, ¡la aventura que sería el poder encontrarlo! Lo que podríamos hacer con ese tesoro. Lo que podríamos comprar: bicis nuevas,… Tú, Miguel, el videojuego que tanto deseas y todo lo que quisiéramos, sin contar con la fama que conseguiríamos.

         Ellos, que ya estaban aburridos de los juegos de siempre, peleas entre pandillas, carreras de bicicletas por el campo o cazar lagartijas con los tirachinas de fabricación casera, que a más de uno le había costado un buen castigo de sus padres por romper algún que otro cristal, habían decidido conseguir ese tesoro como fuera y al mismo tiempo descifrar el enigma del fantasma.

         Después de que Don Manuel les diera algunos datos más sobre como buscar pistas y grabados medievales, que dicen se encuentran en el interior del molino, los chicos se marcharon a almorzar, pues la mañana se les había pasado sin enterarse. Paco quedó con Luis y Miguel en la puerta de la Ermita de los Santos, cerca del camino del Molino del Cubo después de almorzar, sobre las cuatro en punto, donde emprenderían su aventura.

         A las cuatro de la tarde, más o menos, Paco bajó las escaleras de su casa procurando no hacer ruido, ya que sus padres se encontraban durmiendo, pues era costumbre dormir la siesta. Toby, el perro de Paco, hizo alarde de ladrar, pero en un momento lo hizo desistir cogiendo la cadena de sacarlo a pasear, el cual se lo agradeció sacudiendo la cola como siempre hacía.

         Al llegar a la puerta de la calle, tiró del pomo con mucho cuidado. Mientras se dirigía de camino, al encuentro de sus amigos, pensaba en la aventura que le esperaba. Cuando volviera, por otro lado, sabía que tendría problemas, pero si se llevaba a Toby pensarían que lo había sacado a pasear, lo cual le tranquilizó un poco, pues la siesta por estos contornos es sagrada y casi obligatoria.

         Paco llegó al lugar de encuentro. Hacía un calor de miedo. Miró su reloj nuevo que le habían regalado. Eran las cuatro y ya llegaba tarde. Sólo esperaba que Juan y Miguel hubieran podido acudir a la cita. Al acercarse al lugar de encuentro, vio a lo lejos dos figuras que parecían ser ellos lo cual al acercarse más se confirmó.

-         ¡Ya era hora!, le dijo Luis a Paco, ¡creíamos que ya no venías!

-         ¡Eso ni loco! ¡No me perdería este día por nada del mundo! ¿Lleváis las linternas?

-         ¡Por supuesto!, dijo Luis, es más, he cogido unas cuerdas por si nos hicieran falta y algunas cosas más.

         No hace falta que os diga que Luis es muy previsor en todo, aunque el cerebro del grupo es Paco. Miguel, sin embargo, es más precavido y cobarde. Siempre hay que andar tirando de él, aunque es buen chico. Siempre hay que sacarlo de los jaleos en que se mete.

         Emprendieron camino por la vereda del cubo como se hace llamar. El calor les daba de lleno. A Paco parecía que el pelo le ardía. Luís le dio una gorra que llevaba en la mochila la cual le alivió. Al llegar a lo alto del camino, justo donde se encuentra el puente que cruza la vía, una brisa fresca que corría los hizo parar y tomar aliento. Sacaron las cantimploras y bebieron. Toby bebió en una bolsa de plástico. Una vez recuperados, continuaron el camino. Anduvieron otro poco y llegaron a la cumbre, donde se divisaba el molino y sus alrededores de álamos, zarzas y matorrales, mezclados con lo abrupto del paraje y, en medio de todo, las ruinas del molino acompañadas del susurro del agua que en el silencio de la tarde les llegaba.

         Los tres se detuvieron por un instante mirando el paisaje, esta vez de forma diferente a otras veces que habían estado allí. Se dejaron caer la gran cuesta que hay para acceder al lugar en concreto. Pasaron junto al pequeño puente que sirve para cruzar el río a los labradores y en un momento se encontraron en la puerta del molino. Dejaron caer las mochilas y sin pensarlo fueron a zambullirse en el agua y así remediar el calor pasado en el camino. Toby bebió agua del arrollo. Cuando quisieron darse cuenta eran ya las cinco de la tarde. Salieron del agua y se dirigieron a la entrada del molino, donde la temperatura era bastante más fresca que en el exterior, ya que todas las construcciones de piedra lo solían ser.

         Paco empezó a comentar lo que recordaba de la mañana anterior sobre todo los detalles y dijo:

-         Hay que buscar alguna señal que tenga que ver con algo diferente, como nos dijo el profesor.

         Miguel soltó unas carcajadas, lo cual hizo enfadarse a Paco, el cual le respondió enojado:

-         ¡¿Si no te interesa a que has venido?! ¡Mejor te hubieras quedado en tu casa!

-         A lo cual Miguel respondió: ¡Vale, no te enfades! Era una broma.

-         Luis interrumpió diciendo: ¡Vamos a lo que vamos, que se nos hace tarde!

         Los dos hicieron caso y continuaron con el plan.  Se separaron buscando en cada rincón algo que les indicara alguna prueba o pista que les ayudara en su investigación. Paco se dirigió a la planta alta, a la cual se accedía por una entrada superior de difícil acceso, pues las escaleras con las que en su día contaba habían desaparecido victima del    paso del tiempo, usando unos boquetes hechos en la piedra para ese motivo. Al cabo de un rato, Paco bajó hasta donde termina el pasillo en forma de caracol y dijo:

-         ¡He encontrado algo! ¡Deberíais subir!

         Luis y Miguel accedieron de inmediato. Al llegar arriba, Paco les dijo:

-         ¡Mirad aquí!

         Luis y Miguel se miraban extrañados, pues no veían nada. Sólo una sala grande con dos ventanas que daban al exterior junto con unos asientos de piedra pues toda la edificación estaba construida en ese material a excepción de lo que ya no quedaba ni rastro. Me refiero a muebles y puertas.

-         Paco insistió: ¡Es aquí! En la parte superior de la sala se podía ver una piedra que destacaba sobre las demás. Era más oscura y se podía distinguir lo que parecía ser una inscripción, aunque un tanto borrada por el paso del tiempo. Pero si se fijaban bien lo percibirían.

         Paco sacó una hoja de papel y un lápiz lo cual hizo reír a Luis. ¿Qué quería hacer con eso? Pero poco después se dio cuenta de que quería hacer un calco, lo cual le dejó asombrado el ver que Paco se lo estaba tomando muy en serio.

-         Luis preguntó: ¿De donde has sacado esa idea Paco?

-         De una película que vi en televisión. No sé si funcionará, pero por intentarlo que no quede.

         No alcanzaba y tuvieron que auparlo. Al encontrarse a la altura de la piedra y posar el papel sobre ella, se escuchó un chasquido, como si se hubiera activado un resorte. Paco retiró el papel de la piedra y observó que la piedra se había movido. La agarró y se vino con él, dejando al descubierto un hueco considerable. Pidió a Miguel la linterna y alumbró el hueco dando a ver todo el interior y descubrir que algo había en su interior. Alargó la mano temblorosa por el miedo de que algún bicho le picara y sacó lo que parecía ser un cilindro de piel muy antiguo.

         Luis y Miguel dejaron caer a Paco pues ya no podían más con él. Examinaron el cilindro más de cerca y pudieron ver un grabado que representaba una cascada de agua y un molino. Debajo un escudo heráldico con una cruz labrada que por lo poco que sabían parecía ser calatravo. Paco arrebató el cilindro a Luis de las manos y lo abrió con sumo cuidado, extrayendo unos papiros atados con una cinta de seda roja. En ese momento sonó la alarma del reloj de Paco. ¡Oh, no! ¡Eran las ocho! Debían volver a casa si no querían pasarlo mal cuando llegarán.

         Decidieron guardarlo todo y regresar a otro día. Salieron corriendo pensando en la bronca que se iban a llevar al llegar a sus casas, hecho que les hacía correr aún más. Al llegar al pilar situado en la entrada del pueblo, de nombre Martingordo, bebieron agua y se despidieron, no sin antes quedar al día siguiente por la mañana.

         Paco entro en casa con Toby de la correa, su madre lo estaba esperando para echarle la bronca del año. Paco tuvo que agudizar su ingenio si quería salir de ese apuro, aunque por otro lado sabía que no estaba bien mentir. Se armó de valor y le dijo a su madre que lo sentía y que por favor no lo castigara porque había ido al Molino del Cubo con Luis y Miguel pues estaban haciendo una investigación sobre un tesoro.

         No sé si sería por la franqueza de Paco o por la forma en que se lo dijo, pero su madre no le castigó. Es más, le sonrió y le dijo que le preguntara a su padre sobre el tema pues él sabía muchas cosas sobre el molino.

         Paco se fue hacia el teléfono, lo descolgó y llamó a Luis. Pero se puso su hermana Luisa, la cual no le hacía mucha gracia a Paco, pues siempre andaba chivándose a sus padres de todo lo que hacían. Luisa le dijo que se encontraba castigado.

-         ¡Por tu culpa siempre castigan a mi hermano!, dijo Luisa.

         Lo cual hizo sentirse mal a Paco, pues se les venían abajo todos los planes. Después de terminar de discutir con Luisa, llamó a Miguel, el cual se puso al teléfono y le dijo que sus padres no estaban y le habían dejado la cena hecha y una nota diciendo ¡No te acuestes tarde!

-         ¡Estoy salvado! ¿Has llamado a Luis? Dijo Miguel

-         Sí, pero no va a poder venir. Tendremos que ir tú y yo. Contestó Paco.

-         Bueno, si no queda mas remedio iremos los dos. A las nueve nos vemos en el mismo sitio ¿de acuerdo?, terminó de exponer Miguel.

-         ¡De acuerdo, hasta mañana! Concluyó Paco.

         El padre de Paco, albañil de profesión, llegó tarde como casi siempre. Se sentó en la mesa y pidió un botellín de cerveza, como siempre hacía. Paco se sentó a su lado y su padre lo miró, como si supiera que quería preguntarle algo. El joven muchacho hizo por preguntarle, pero su padre se le adelantó:

-         ¿Qué quieres dinero, no?, le preguntó su padre.

-         ¡No es eso! Mamá me ha dicho que tú sabes muchas cosas del Molino del Cubo. Replicó Paco.

-         No mucho, sé lo que todo el mundo ¿Qué quieres saber? Afirmó el padre de Paco.

-         ¿Es verdad que hay un tesoro escondido y que lo protege un fantasma? Le preguntó su hijo con mucho interés.

-         Eso es lo que dicen. Contestó el padre bruscamente: ¿Por qué me preguntas eso? Mirando hacia otro lado como si ocultara algo.

-         Paco prosiguió su interrogatorio un poco más suave: Papá ¿es verdad que se aparece un fantasma?

-         Eso dicen, volvió a afirmar el padre del muchacho.

-         Y tú, ¿qué opinas?, insistiendo de nuevo Paco.

         El padre de Paco se quedó pensativo y dijo:

-         Mira hijo, sabes que nuestra familia esta muy arraigada en este pueblo desde siempre y no se si sabrás la historia del pastor y el cura.

-         Sí, nos lo ha contado Don Manuel, intervino rápidamente el niño.

-         ¿Y él no te ha dicho nada?

-         Pues no. Contestó el niño como con sorpresa.

-         ¡Vaya con Don Manuel! A mí me acribillaba en el colegio y a ti no te dice nada. Respondió el padre del chico con cierto aire de coraje.

-         ¿Qué me tendría que decir papá?, intervino el muchacho muy interesado.

-         Pues veras, el pastor que empezó todo esto, por así decirlo, era un antepasado nuestro, que durante mucho tiempo la gente se estuvo riendo de él y de nuestra familia. Incluso nos sacaron un mote que ha perdurado en el tiempo hasta el día de hoy. Explicó el hombre con un cierto tono de vergüenza.

-         ¿Cuál mote? ¿El de “carrera”? Preguntó Paco sorprendido.

-         Ese mismo. Confirmó el padre además de asentirlo con la cabeza.

-         Y, ¿por qué “carrera” padre?

-         Pues… Y el hombre empezó a reír a carcajadas que hizo acudir a su mujer.

-         ¿Qué pasa aquí? Preguntó la madre de Paco.

-         Nada. Es que padre me está explicando de donde viene el mote “carrera”, la cual también se echo a reír.

         Cuando se calmaron un poco mi madre le dijo a mi padre:

-         ¡Cuéntaselo! ¡Tampoco es tan malo y gracias a tu antepasado hoy estáis aquí vosotros! Sin embargo el cura no corrió igual suerte.

-         ¡Es verdad!, dijo el padre. Nos llaman carrera por lo poco que tardó mi antepasado en llegar al pueblo. Aunque en esa época no había relojes, se supo porque al llegar al pueblo el perro cayo reventado y él siguió corriendo otro tramo hasta caer desmayado con la lengua fuera.

         Los tres se echaron a reír. Cenaron y su padre le terminó de contar los detalles. Aunque el chico ya lo sabía, pues se lo había oído a Don Manuel, no quería que su padre se molestara. Luego se acostó pensando en la aventura que estaban viviendo y en lo que les quedaba por vivir.

         A la mañana siguiente, a las nueve en punto, Paco estaba en la puerta de la Ermita de los Santos con su perro Toby esperando que Miguel apareciera. Sin embargo, la sorpresa fue aún mejor al ver a Luis y Miguel llegar juntos. Se saludaron sin hacerse muchas preguntas y emprendieron la marcha. Esta vez el camino no se les hizo largo y caluroso, pues la mañana se presentó fresca y en menos de lo que pensaron ya estaban allí.

         Se dirigieron a donde lo habían dejado el día anterior. Paco después de ser aupado retiró la piedra y extrajo el recipiente con los pergaminos. Los sacaron con mucho cuidado y los abrieron en el suelo. Paco agarró la cámara que había pedido prestada a su madre y sacó varias fotos para que Don Manuel las estudiara mejor.

         Había tres pergaminos: en uno se podía ver planos del molino; otro era una carta escrita en una lengua que parecía latín, pues Miguel aún se acordaba cuando estuvo de monaguillo en San Pedro; y el último de los pergaminos podría tratarse de un jeroglífico, el cual ninguno de los muchachos podían descifrar, al menos por ahora. Lo introdujeron todo en el tubo y se dirigieron a la planta baja.

         Al intentar bajar a la planta inferior a Paco se le cayeron las llaves de casa y fueron a parar debajo de una losa que había en el centro del edificio, la cual estaba levantada. Pero, ¿cómo era posible si no la sujetaba nada?

-         Luis intentó explicar el suceso: ¿os acordáis de ayer que al sacar el cilindro se oyó un chasquido grande? ¡Quizás activó algún resorte y abrió algún pasadizo!

-         Sí pero, ¿cómo terminaremos de levantarla para poder pasar? dijo Miguel.


         Luis se dirigió hacia la losa y la empujo. Cedió, pero sólo un poco. Los demás acudieron en su ayuda y entre los tres hicieron correr la losa por unos raíles interiores, construidos para este motivo, un tanto oxidados, dando a ver unas escaleras cubiertas de musgo que se perdían en la oscuridad. El pasadizo, un tanto estrecho, se encontraba cubierto de polvo y telarañas.

         Los tres se miraron. Paco dijo:

-         ¿Bajamos o no?

         A lo que los demás respondieron con un sí que resonó por todo el molino, pues ya que estaban allí no se iban a echar atrás. Miguel aconsejó que alguno se quedara fuera por si la losa se cerrara que pudiera pedir ayuda. Decidieron que fuera el mismo Miguel el que se quedara, a lo cual accedió no sin poner su queja. Pero le dijeron que si encontraban algo volverían a por él y se turnarían.

         Emprendieron la marcha Luis y Paco, no sin antes encender sus linternas. Luis se agarró a Paco con un temblor en las manos que hacía que la luz de la linterna alumbrara hacía todos lados, lo cual irritó a Paco:

-         ¡No seas cobarde Luis!, dijo Paco. ¿Acaso crees que yo no tengo miedo? Además, viene Toby con nosotros.

         Al llegar al sexto escalón el aire era casi irrespirable, pero el deseo de descubrir lo que allí había era más fuerte. ¿Estaría allí el tesoro? ¿Habrían encontrado el escondite del tesoro? Se preguntaba Paco para sí mismo.

         Las paredes, embovedadas de piedra, rezumaban moho, dando un aspecto lúgubre acompañado de telarañas enormes, lo cual les indicaba que por allí hacia mucho tiempo que no pasaba nadie. En unas aperturas en el pasillo había unas antorchas preparadas para ser encendidas.

         Paco agarró un trozo de madera que encontró en el suelo, el cual utilizó para retirar las telarañas. Al volverse, vio a Luis que trataba de encender un mechero a lo cual gritó:

-         ¡No lo hagas!, golpeando la mano de Luis, lo cual hizo que el mechero se perdiera en la oscuridad.

-         Luis, en un tono de enfado y sorpresa al mismo tiempo, dijo: ¿Qué haces?

-         ¡No sabes que puede haber gas acumulado y podemos explotar!, le replicó Paco.
   
         Toby dio un ladrido que los sobrecogió aún mas haciendo caer las linternas, lo cual puso más nervioso a Luis al punto de volverse. Paco se volvió a enojar con Luis recriminándole su actuación. Cogió la linterna y el haz de luz volvió a iluminar el pasillo. Cuando hubieron andado un trozo del pasillo se dieron cuenta de que Toby no estaba:

-         ¿Dónde está Toby?, dijo Luis.

-         Creo que ha salido corriendo hacia dentro, pero no te preocupes. Habrá visto algún animal, intentando calmarlo Paco.

-         ¡Animal! ¿y si ha sido el fantasma? Contestó Luis, todavía más asustado que antes.

-         Haz el favor de callar, queriendo poner calma a la situación Paco, ¡o nos volvemos! ¡Además, Toby sabrá defendernos!

-         Luis se calmó y, asintiendo con la cabeza, dijo: Esta bien, ya me callo.

         Anduvieron por el pasillo embovedado, en todo su trayecto unos doscientos metros, cuando llegaron a lo que era una sala bastante grande alumbrando hacia la pared. Vieron más antorchas preparadas para ser encendidas, a lo cual Paco echó mano a su bolsillo. Sacó un mechero y prendió las antorchas.

         Luis le recrimino que encendiera las antorchas con la bronca que le había echado antes. Paco le explicó que se había dado cuenta de que allí corría aire, lo cual le daba a entender que no habría gas acumulado y por ello las había encendido. Al encender las antorchas vieron que algo en la oscuridad se les venía encima. No os podéis imaginar el miedo que pasaron. Luis dio un grito que resonó en toda la galería. Era Toby. El susto que les había dado el dichoso perro. Terminaron de encender las antorchas con más miedo si cabe y al iluminarse la sala les dejó al descubierto lo que allí había: toda la sala estaba rodeada de asientos de piedra muy bien ornamentados que el polvo tapaba.

         Luis sacó un pañuelo de su bolsillo y limpió uno de ellos. Estaban labrados con motivos religiosos y hazañas bélicas medievales. En el centro, una mesa enorme de piedra, de unos dos metros de larga, muy bien tallada con una cruz labrada en el centro. Paco y Luis se quedaron perplejos. Sin saber que hacer siguieron mirando a su alrededor y vieron como una serie de huecos en las paredes estaban llenos de utensilios. En el centro de una de las paredes había lo que parecía ser un escudo. Alrededor bordeaba una grieta en forma de puerta. ¿Se tratará de una puerta? Se preguntaban los dos. En el centro, un hueco en forma cuadrada, a lo cual no encontraban sentido. En otro extremo, justo debajo de un Cristo, una puerta de madera pequeña, la cual provocó un chirrido al abrirla de una forma sobrecogedora. En su interior había unas copas de madera y una jarra con unas tallas religiosas que daba a entender que sería para dar los oficios religiosos. Toda la construcción estaba echa en roca.

         De pronto escucharon pasos, como si alguien se acercara a lo lejos del pasillo. Les deslumbraba una luz que los horrorizó. ¿Sería Miguel? ¿Habría abandonado la entrada al sentir los gritos temiendo que estuviéramos en peligro? Paco tubo miedo de que se cerrara la losa. Una idea, o mejor dicho, un temor, le pasó por la mente, ¿habría asegurado la losa? Un escalofrió de terror recorrió el cuerpo de Paco hasta que escucharon dos voces. Luis agudizó el oído y pudo escuchar la voz de Don Manuel hablando con Miguel, lo cual les tranquilizó.

-         ¡Hola chicos!, dijo Don Manuel con su voz ruda en un tono de asombro y enfado. ¿Sabéis lo que habéis echo? Creo que no. ¡Habéis descubierto un hallazgo tan importante que ni yo me lo puedo creer! Mirad esa cruz que hay sobre la mesa, ¡es templaría y se suele llamar en términos arqueológicos “Cruz Patada”! Eso da a entender que dentro de la orden de los calatravos habían templarios.

-         Paco interrumpió a Don Manuel diciendo: ¡Ya! Todo eso está muy bien pero, ¡aquí no hay nada de valor! Aunque muy bien decorada, carece de joyas y lujos.

-         Don Manuel le recriminó lo que estaba diciendo: Mira los templarios. Se sabe que eran muy ricos, pero no hacían uso de su riqueza para sí mismos ya que habían jurado voto de pobreza.

-         Entonces no habrá tesoro, dijo Luis muy desanimado.

-         ¡No!, respondió Don Manuel, he dicho que no hacían uso de sus riquezas no que no las tuvieran ¿tenéis lápiz y papel?

-         ¡Sí!, dijo Paco, ¡aquí está!

-         Pues empezad a copiar todas las palabras que hay grabadas en la pared y los dibujos ¿no pensareis que los templarios iban a dejar el tesoro en cualquier lugar? Pues eran muy inteligentes. Además, si nos vamos al relato que os conté sabréis que el pastor habló de una gruta cerca de las cataratas y, por lo andado, no estamos ni a medio camino y, si no me equivoco, en el camino podemos encontrar alguna que otra trampa. Por lo cual, a partir de ahora tendremos que andar con mucho cuidado.

-         ¿Para qué quiere que saquemos copias?, dijo Miguel.

-         ¿Tenéis Internet?, preguntó el profesor.

-         ¡Sí!, respondieron los tres jóvenes muchachos.

-         Pues debéis saber que no sólo sirve para jugar a los videojuegos, sino también es una muy buena herramienta de investigación. Buscad “traducción al latín” y traducid las palabras que os he mandado copiar. ¿Sabréis que eso es latín no? Procurad no equivocaros al copiar las palabras. Terminó por explicar Don Manuel.

         Miguel y Luis se dedicarían al latín y Paco a los dibujos. Don Manuel sacó un molde de la hendidura que había en el centro de lo que parecía ser una puerta y comentó que la pieza que allí faltaba sería de importancia y no debería andar lejos. Al cabo de una hora, más o menos, preguntó Don Manuel a los chicos:

-         ¿Habéis terminado?, a lo cual respondieron que sí.

-         Pues marchémonos. Por hoy ya tenéis datos suficientes para seguir la investigación.

         Después de volver el camino andado y apagar las antorchas, se dirigieron al exterior. Cerraron la losa, pero no terminaba de encajar. Paco metió en su mochila los pergaminos y se dirigió a la planta alta del molino. Llamó a Miguel para que lo aupara para llegar al hueco donde depositó el cilindro escuchándose el chasquido, dando paso a cerrarse la losa.

         Emprendieron camino de regreso al pueblo hablando todo el camino del hallazgo que habían descubierto. Llegando al pueblo, Don Manuel los hizo callar por un momento para decirles:

-         Mirad, si queréis os puedo ayudar, pero os aconsejo que no comentéis nada con nadie si no queréis que se llene el molino de curiosos y os quiten el mérito del descubrimiento. Yo esperaría a descifrar todo el enigma y luego si queréis lo sacamos a la luz. Así podréis trabajar tranquilos.

-         Don Manuel, ¿de veras podremos contar con su ayuda? Dijo Miguel.

-         ¡Por supuesto! Es lo que trato de deciros, respondiéndole el profesor.

-         ¡Me alegro mucho!, dijo Miguel, y creo que mis amigos estarán de acuerdo conmigo y no se opondrán a ello, pues la idea y el motor de todo esto ha sido usted.

-         ¡Claro!, respondieron los demás.

-         De acuerdo, dijo Don Manuel, yo me encargaré de buscar en mis viejos libros, a ver si encuentro documentación para proseguir las investigaciones.

-         Está bien, dijo Miguel a Luis, quedamos a las cinco en mi casa y a las ocho con Paco para compartir impresiones.

-         ¿Cuándo volveremos a vernos, Don Manuel? Preguntó Paco.

-         Pues si queréis… umm… quedamos mañana en el molino. Puede ser que llegue tarde, pues yo no puedo seguir la marcha que lleváis los tres andando pero seguro apareceré ¿de acuerdo?

-         ¡De acuerdo! ¡Hasta mañana, Don Manuel! Contestaron los tres chicos a la misma vez que se separaban por calles distintas.

-         ¡Hasta mañana chicos!, finalizó Don Manuel.

         Cuando Paco se despidió de sus amigos, prestó atención a Toby que se había quedado rezagado en el camino. Le lanzó un silbido que hizo que Toby corriera hacia él como alma que lleva el diablo. Al llegar a la altura de Paco, éste pudo percatarse de que Toby llevaba algo en la boca, lo cual extrajo de la misma sin problemas. Al examinar dicho objeto observó lo que parecía era una pieza de un rompecabezas de piedra, del tamaño de una caja de cerillas, grande con unas piezas de metal incrustadas que brillaban al darle la luz.

         Entonces, Paco se le vino a la cabeza que en la sala, con el susto, no cayeron en la cuenta de que Toby había estado escarbando. ¿Podría provenir de allí esa pieza? O por el contrario, ¿sería un objeto sin interés? Paco agarró la pieza y la metió en la mochila pensando en que podría ser de importancia y marchó a casa.

         Don Manuel llegó a su casa situada en el centro del pueblo. Una de esas casas antiguas pero muy bien conservada. Abrió la puerta y cruzó el largo pasillo que conducía al salón, dejándose caer en el sofá exhausto. Sin darse cuenta, se quedó dormido como hacía tiempo que no lo hacía. Al despertar, miró el viejo reloj de pared que se encontraba en el salón y, sorprendido, se incorporó, ya que habían pasado dos horas. Una vez levantado, salió al pasillo y entró en otra habitación por otra puerta donde se encontraba una mesa de oficina medio carcomida, encima un ordenador y utensilios para escribir, un sillón orejero y varias estanterías llenas de libros cubiertos de una capa de polvo clasificados por temas.

         Don Manuel se dirigió hacia un extremo de una de las estanterías donde se podía leer “Edad Media”. Buscó varios libros. El titulo de uno en concreto era “La Orden de Calatrava”. Lo agarró y anduvo hacia el lado y en la zona de arqueología tomó otro con el título “Construcciones Medievales”. Se sentó en el sillón orejero y encendió una vieja pipa. Mientras encendía la pipa le vino a la memoria la imagen de esos tres chicos, recordándole su tiempo de profesor cuando tenía la suerte de dar clases a chicos con interés en aprender, pues él bien sabía que si un alumno no tenía ganas de aprender era imposible enseñarle. Pero, por el contrario, si se les sabía inculcar ese interés se podría sacar de esos alumnos todo lo mejor de ellos mismos y creía que ese era el caso. Encendió el ordenador y empezó a repasar los libros intentando recoger información.

         Paco llego a casa y soltó a Toby. Saludó a su madre. Su padre todavía no había llegado, aunque la mesa estaba puesta. Después de asearse, almorzó y ayudó a su madre a retirar la mesa como siempre hacía. Se despidió de su madre y le dijo:

-         Me voy a estudiar.

         Subió las escaleras y, entrando en su habitación, soltó la mochila y encendió el ordenador. Accedió a Internet y en un momento se encontraba en la página principal de búsqueda de “Google”. Introdujo “Edad Media en Jaén” y en un momento empezó a obtener información. Su madre no salía del asombro al ver que su hijo estaba estudiando sin tener que obligarlo y más aún, sin haber clases. ¿Qué les habría hecho Don Manuel para conseguirlo? Ese hombre era una bendición. Luis y Miguel estuvieron descifrando todos los pergaminos y escrituras que habían encontrado el día anterior en la sala misteriosa. A sus padres también les sorprendió.

         A la mañana siguiente se reunieron en el mismo punto de partida. Se saludaron y emprendieron camino con menos rapidez y nerviosismo que los días anteriores, ya que era sábado y no tenían prisa. Además, habían pedido permiso a sus padres para comer allí y estar todo el día. Llegaron a la entrada del pasadizo y, después de activar el resorte, abrieron la losa. Paco esta vez no trajo a Toby para que no les incordiara. Miguel seguía teniendo miedo, aunque menos que la vez anterior, pues se le veía en la cara.

         Al llegar a la sala donde se les cortaba el paso la vez anterior, encendieron las antorchas y depositaron todo el material que llevaban sobre la mesa. Se sentaron exhaustos en los asientos de piedra y esperaron la llegada de Don Manuel, que ya les había avisado que llegaría un poco más tarde. Al cabo de un rato se oyó unos pasos por la galería lo cual puso en alerta a los tres chicos. Paco se dirigía a la salida cuando vio a Don Manuel que se acercaba a ellos:

-         ¡Aquí estamos!, dijo Paco alegrándose de ver a Don Manuel.

-         ¡Hola chicos! Perdonar mi retraso pero mis piernas no dan para más. Dejadme que descanse un poco.

         Después de coger fuerzas, el profesor realizó la siguiente pregunta:

-         ¿Habréis hecho los deberes? A la cual, un ¡sí! rotundo resonó en la sala por parte de los tres jóvenes muchachos.

-         ¡Pues venga! ¡Pongámonos manos a la obra! Expuso el profesor.

         Y, levantándose del asiento, Don Manuel puso unos papeles sobre la mesa. ¿Qué sería? Se preguntaban lo chicos.

-         El profesor comenzó a exponer toda la información que había recogido de sus libros: este molino data del siglo catorce. Fue construido por orden de Don Luis de Guzmán, maestre calatravo y era un molino fortificado dependiente de la Orden de Calatrava, como indica el escudo que hay en lo alto de la puerta de entrada. Esto es lo que he podido rescatar de la historia de este molino que me merezca credibilidad. ¿Qué habéis encontrado vosotros?

         Luis y Miguel también posaron sus papeles y Luis intervino diciendo:

-         Las escrituras de los dos lados hace referencia a rezos católicos. Sin embargo, la del centro dice algo así:

“El poder de la llave mágica abrirá las puertas del saber.
Procurad que no caiga en malas manos por el bien del mundo.
O las puertas del mal se abrirán”

-         Bien, dijo Don Manuel, ¿y tú, Paco? ¿Qué has averiguado?

-         Los grabados encontrados representan luchas entre el bien y el mal. Otro habla de la liberación de un alma, salvada por otra, y lo que podría ser la forma de quitar el maleficio a algún alma en pena. Pero lo que no entiendo es lo de:

“Cuidado con el sendero de las tinieblas,
pues el mal acecha cuando la oscuridad llega”

         Miguel tragó saliva y preguntó:

-         ¿Qué quiere decir eso, Don Manuel?, con la voz entrecogida.

-         Pues no lo sé. Es lo que vamos a tratar de averiguar. Respondió el profesor intrigado por aquellas averiguaciones. Empezad por buscar un objeto que se parezca a una llave bastante grande de piedra con metal.

         Todos empezaron a buscar. Esta vez más interesados si cabe: Luis en las lacenas y ornamentos religiosos, solo dio con unas monedas de cobre desgastadas por el tiempo; Paco, Don Manuel y Miguel en la mesa y la puerta con todos sus grabados. El profesor insistió:

-         ¡Aún necesitamos más luz!, sacando de un petate viejo de los que se usaban en el servicio militar un camping-gas, el cual encendió sin problemas dando todavía más luz a la sala.

         Al depositar el camping-gas sobre la mesa, justo en el centro donde se encontraba la cruz, se produjo un chasquido seguido de un movimiento de piedra en una de las lacenas. Al acudir a la lacena en cuestión, una de las piedras había desaparecido dejando una pequeña cámara secreta al descubierto. Dentro de la misma, podía verse una especie de palanca llena de telarañas, polvo y moho. Paco quiso activarla, pero Don Manuel se lo evitó:

-         ¡No la toques! ¡Salid los tres al pasillo y volved cuando yo os llame!

         Los tres chicos se quedaron sorprendidos y obedecieron, eso sí, no de muy buena gana. Una vez fuera, empezaron a protestar entre ellos. Miguel recriminó si no los habría hecho salir para quedarse con todo el tesoro para él. A lo cual Paco le contestó diciéndole que si no estaba conforme que se marchara, hasta el punto de que Luis tuvo que intervenir. Mientras discutían sobre si habían hecho bien en obedecer a Don Manuel, se escuchó un estruendo ensordecedor, como si todo se hubiera venido encima.

         Les cogió tan de sorpresa que los chicos no tuvieron tiempo a reaccionar. El polvo llegó hasta ellos impidiéndoles respirar. Miguel salió corriendo preso del pánico, seguido de sus amigos, en dirección al exterior. Al llegar a fuera, cayeron exhaustos y presas del pánico. La humareda de polvo siguió saliendo durante un buen rato. Cuando hubieron recuperado el aliento, Paco, nervioso, se levantó diciendo:

-         ¡Hay que ayudar a Don Manuel sea como sea!

         Miguel lloraba desconsoladamente a la vez que Luis trataba de consolarlo:

-         ¡No te preocupes Miguel! ¡Seguro que no le ha pasado nada a Don Manuel! ¡Es un hombre listo y habrá sabido ponerse a cubierto, pues él, más o menos, sabía que esto podía pasar y por eso nos echó de allí!

-         ¡Claro!, dijo Paco cuando se dio cuenta de lo que decía Luis. ¡Bueno! ¡Debemos calmarnos, así no conseguimos nada! ¡Haber! ¡Linternas, ¿están todas?!

-         ¡Sí!, contestaron los demás.

-         ¡Pues manos a la obra! Miguel, ¿crees que podrás?, dijo Paco en un tono de duda respecto a su amigo.

-         ¡Por supuesto! ¡Por el profesor, lo que sea! ¿Verdad Luis?

-         ¡Por supuesto!, dijo Luis.

         Los tres se encaminaron hacia la entrada de donde todavía salía polvo. Luis sacó de la mochila tres pañuelos y los repartió diciendo:

-         ¡Poneos esto! ¡Seguidme al bajar las escaleras!

         La oscuridad imperaba. Con el polvo, la luz de las linternas apenas alumbraban, pero ellos sabían que tenían que continuar. Conforme avanzaban, el aire era más irrespirable. Por todo el suelo había fragmentos de piedra que la explosión había esparcido por todo el túnel, pero por suerte se podía pasar. Al llegar a la sala grande, el polvo había desaparecido pues una corriente de aire había usado el túnel como chimenea. Paco sacó un mechero y volvió a encender las antorchas:

-         ¡Mirad!, dijo Luis. ¡La puerta se ha abierto! Sin percatarse que Don Manuel se encontraba tirado en el suelo justo debajo de la mesa, inconsciente.

-         ¡Ahora eso no es lo importante!, dijo Miguel. ¡Lo importante es encontrar a Don Manuel!

         Los tres empezaron a buscar por todos lados, hasta que, al mirar debajo de la mesa, observaron que allí se encontraba Don Manuel, desvanecido. Seguramente, por la deflagración de la explosión. Con cuidado recogieron al profesor y lo sentaron en uno de los asientos. Miguel recogió el pañuelo y abriendo la cantimplora que llevaba lo humedeció frotando el rostro del profesor. Paco, por otro lado, se dedicó a recoger todos los papeles que habían salido desperdigados por todos lados. Don Manuel, al sentir el paño húmedo por su cara, empezó a espabilarse. Lo primero que salio de su boca fue:

-      ¿Os encontráis bien chicos? Con la voz entrecortada, fatigado y tembloroso.

-      Por nosotros no se preocupe, dijo Paco. Gracias a usted estamos bien. Ahora lo que importa es que usted se reponga, sacando un refresco que llevaba en la mochila y dándoselo a beber.

         Don Manuel bebió varios tragos antes de incorporarse para comprobar si tenía algún hueso roto. Para dar ánimos a los muchachos exclamó con un tono cómico lo siguiente:

-         ¡Estoy bien! ¡Vaya susto, ¿eh chicos?! Dando muestras de tranquilidad a los chicos.

         Los jóvenes muchachos se sentaron, cada uno discutiendo que podía haber sucedido, a lo cual Don Manuel interrumpió:

-         Lo siento chicos, la culpa ha sido mía.

-         ¿Suya? ¿Qué quiere decir? Respondió los tres niños a la vez.

-         Es muy sencillo: con la emoción de activar el resorte, que más o menos sabía abriría la puerta, no me acordé de una cosa tan sencilla como calcular la cantidad de gases acumulados. Pensé que abría menos cantidad y por eso os mande fuera. Bueno. Prosigamos. Si no me equivoco puede que nos encontremos alguna trampa más a lo largo de este pasadizo y habrá que ir con mucho cuidado. Coged las linternas y seguidme. Pisad donde yo pise y no toquéis nada por mucho que os llame la atención.

         Los chicos obedecieron sin rechistar las sabias palabras que les dijo el profesor y una vez preparados iniciaron el camino. Don Manuel alumbraba cada paso que daba con mucho temor, ya que por su gusto hubiera ido solo, pero por otro lado los chicos se merecían la satisfacción de ir descubriendo todos los acontecimientos paso a paso. De repente, Don Manuel gritó:

-         ¡Quietos! ¡Mirad aquí!

         Los chicos petrificados por el miedo miraban sin ver nada. Entonces uno de ellos le preguntó con un tono de incertidumbre:

-         ¿Dónde miramos, Don Manuel? Dijo Paco.

-         ¡Aquí, en esa roca! ¿Veis esos orificios? ¿Y aquellos otros? ¡Pues seguro que no anda lejos el resorte que activa esta trampa!

-         ¡¿Trampa?! Preguntaron los tres chicos a la vez con cierto tono de temor.

-         ¡Exacto! ¡Luis, retrocede y tráete la puerta de la lacena y vosotros dos agacharos!

         Luis volvió enseguida con la puerta:

-         ¡Aquí tiene profesor!

-         Bien. Colócala pegada a los orificios y retroceded.

         Don Manuel pisó varias rocas avanzando hacia adelante cuando, de pronto, varios golpes sacudieron la puerta:
-         Ya podéis venir, dijo a los chicos que de momento se encontraban junto a él. ¡Mirad! Dirigiéndose de nuevo a los muchachos y, retirando la puerta, les dio a ver varias flechas que se habían clavado en la puerta, llegando algunas puntas a atravesarla.

-         ¡De verdad Don Manuel que si no fuera por usted estaríamos perdidos! Exclamó Miguel sorprendido por la resolución del profesor.

-         Dejad los elogios para luego y marcad con tiza la piedra que he pisado y encended las antorchas que hay ahí delante.

         En un momento, el pasadizo quedó iluminado. Que imagen más terrorífica en el pasadizo: se hallaban varios restos óseos, con sus correspondientes calaveras desperdigados por el suelo; las ratas campaban a sus anchas como si fueran dueñas del lugar; por la pared caminaban de todo tipo de bichos, arañas, escorpiones,… hasta alguna serpiente creyeron ver. Pero la luz los hizo desaparecer en un momento. Anduvieron otros cien metros cuando se volvieron a topar con otra de las puertas, con la diferencia de que allí no se encontraban ni escrituras ni imágenes talladas, solamente la puerta.

         Don Manuel estuvo mirando por todas partes sin ver nada. Al cabo de un rato, mandó retroceder a los chicos a la sala donde se hallaba la mesa y los asientos de piedra, los cuales, sin dar crédito a lo que les ordenaba, obedecieron. Al llegar a la sala, se sentaron alrededor de la mesa esperando una explicación del profesor. Don Manuel por el momento parecía no tener nada que decir. Transcurrido un rato, habló y dijo:

-         Lo siento chicos, pero creo que hemos llegado al final de nuestra aventura.

         Los chicos quedaron derrumbados. ¿Cómo podía decir eso Don Manuel si ya habían abierto la puerta, superado la trampa e incluso una explosión? No lo entendían, pero a la vez guardaban silencio esperando una explicación:

-         Mirad, ¿os acordáis de la pieza que faltaba junto a la puerta, que no encontramos? Pues esa pieza debe ser una llave. Ahora, más que nunca, estoy convencido y sin esa llave no podemos continuar, pues esa llave no solo habré las puertas sino que desactiva todas las trampas y, por lo que he visto nada más empezar, no puedo imaginarme lo que nos encontraríamos si seguimos sin esa llave. Así que no puedo poner en riesgo la vida de todos. Eso no me lo perdonaría.

         Los chicos rompieron el silencio y empezaron a hablar todos a la vez. Don Manuel tuvo que alzar la voz para poner orden. Luis dijo:

-         ¡¿Cómo vamos a dejar esto así, tan cerca del final, con todo lo que llevamos andado?! Además, ya hemos pasado dos pruebas y todo ha salido bien, ¿no? Podríamos, por lo menos, intentarlo otra vez.

-         No creo que lo consiguiéramos. Es más, nos puede costar la vida. Creedme lo que os digo. En serio, sólo la llave haría que pudiéramos continuar y no creo que la encontremos. Rebatiendo el profesor la idea de Luis.

-         ¡Maldita llave!, dijo Luis con tono encolerizado.

-         ¡Ese maldito trozo de piedra!, dijo Miguel enfurecido.

         Tras un momento de silencio, en el que los muchachos y el profesor quedaron dubitativos ante el nuevo rumbo que había tomado la investigación y su posible desenlace, Paco se levantó del suelo de un salto con un agilidad casi prodigiosa, y exclamó:

-         ¡Un momento! ¿Qué has dicho? Dijo Paco con un aire de tener una idea.

-         Pues eso, que maldita llave. Afirmó de nuevo Miguel abatido por la noticia.

-         ¡No lo otro, lo de la piedra! Insistía Paco.

-         Sí. Don Manuel nos explicó que la llave sería de piedra, con algún metal incrustado. ¿No es así, Don Manuel?

-         Así es Miguel, confirmando dicha idea el profesor.

-         ¡Un momento, creo que ya lo tengo!, dijo Paco. Y agarrando la mochila metió la mano dentro la misma, sacando lo que el día anterior quitó de la boca a Toby. Se lo dio al Profesor y le preguntó: ¿puede ser esto?

         Don Manuel agarró el artefacto y lo examinó sin dar crédito a lo que veía:

-         Pero, ¡Paco, ¿de dónde lo has sacado?!

-         Se lo quité a Toby ayer. Cuando volvíamos a casa. Toby estaba jugando con él y me llamó la atención. Pensé que podría ser algo de valor y lo guardé para que usted lo viera. Pero se me olvidó enseñárselo. ¿Por qué? ¿Es lo que buscamos? Explicó Paco.

-         ¡Ciertamente! ¡Y si no lo es, será algo muy parecido! Y levantándose dijo: ¡Probémoslo!


         Lo introdujo en el hueco y lo hizo girar, resonando por todas partes ruidos que indicaban que nuevamente se activaban mecanismos. Aunque esta vez, lo escuchaban más tranquilos y con menos miedo. Del segundo túnel donde habían hecho saltar la trampa salió polvo. Al cabo de un rato entraron y quedaron asombrados, ya que el camino que antes les pareció lúgubre e inhóspito se había iluminado con una luz natural que provenía de unos respiraderos en forma de chimenea que salían del techo y llegaban hasta el exterior, donde había unos cristales, los cuales por encima circulaba el agua del rió. Al fondo, la puerta que antes les hizo desistir ahora los invitaba a continuar al ver que estaba abierta.

-         ¡Seguidme! con tono de mando gritó Don Manuel.

         Cruzaron la puerta y llegaron a otra sala todavía más grande que la anterior. En esta ocasión fueron los cuatro los que no podían articular palabra. Lo que veían era maravilloso: un salón enorme hacía a la vez de biblioteca y sala de armas e iglesia, todo junto; a la izquierda, unos soportes que sostenían lanzas escudos y otras armas de la época; a la derecha, un altar pequeño con un retablo precioso en perfecto estado; debajo, la mesa sobre la cual se hallaba un cáliz, candelabros y una Biblia encuadernada en oro;  en un rincón, una estantería muy bien tallada llena de libros; y en el centro, una mesa de madera ubicada para el estudio.

         Al fondo, otra puerta de madera y sin cerradura, la cual abrieron y observaron que se trataba de lo que habría sido un laboratorio con toda clase de artilugios del oficio y en un extremo unas escaleras. Pero, al contrario que en las anteriores, estas parecían subir hacia el exterior en vez de bajar. Don Manuel empezó a llorar:

-         ¿Por qué llora, Don Manuel? Preguntó Miguel llamando, a su vez, la atención de Paco y Luis, que se acercaron de inmediato.

-         No os preocupéis. Es de la alegría y la impresión que me da el hallazgo, pues vosotros no lo podéis comprender. Sois jóvenes y os queda mucha vida y aventuras por correr. Pero para mí supone mucho. He dedicado toda mi vida a enseñar a los demás sin tener tiempo para nada que no fuera la enseñanza y ya veía el final de mi vida dedicándome a contar historias, casi obligadas, vosotros tres me habéis dado la oportunidad de volver a sentirme útil y vivir esta aventura con vosotros y por ello os doy las gracias a los tres.

-         ¡Esto hay que celebrarlo! Interrumpió Miguel. Y echando mano a la mochila sacó unos refrescos y un bocadillo envuelto en papel de aluminio.

         Paco y Luis hicieron lo mismo, dando un refresco a Don Manuel y un trozo de bocadillo. Se sentaron cada uno en un sillón junto a la mesa y comieron con mucho apetito, pues sin darse cuenta ya eran las tres de la tarde. Don Manuel seguía con la mirada perdida y la sonrisa en los labios mientras que Miguel no paraba de mirarlo, como si quisiera preguntarle algo pero no se atrevía:

-         ¿Qué te pasa Miguel?, le dijo Paco llamando a su vez la atención de Don Manuel.

-         Nada, nada, dijo Miguel.

-         Venga Miguelillo, dijo Don Manuel. Pregunta eso que te corroe desde que entramos aquí.

-         Es que… bueno. ¿Es este el tesoro que buscábamos?

-         ¡No! Mira esto. Es un tesoro quizás más grande que el que tú te imaginas, pues la sabiduría, los conocimientos y la historia que aquí se encuentran no tienen precio. Pero te aseguro que nunca he estado más convencido de que el tesoro que cuenta la leyenda existe, independientemente de que exista el fantasma o no.

         A Miguel se le cambió la cara y la sonrisa volvió a su rostro, ya que a él los libros y demás objetos que allí había le carecían de valor.

-         Bueno, ¿qué hacemos ahora profe? con una nota de humor preguntó Paco, a lo que Don Manuel no echó cuenta.

-         Bien, pues empecemos a estudiar la situación. ¡Paco, tú dibuja el retablo y busca pistas dentro de los dibujos! ¡Luis, tú los objetos! ¡Y tú Miguel y yo las cartas y libros! Respondió Don Manuel.

-         Luis preguntó: ¿por qué Miguel los libros si sabe que no le gustan?

-         Precisamente por eso, respondió Don Manuel.

         Luis obedeció sin llegar a comprender lo que había querido decir con eso. Don Manuel se acercó a la estantería y buscó algún libro que le ayudara con la investigación. Encontró uno que le podía servir de ayuda. El título era “Juramentos de Sangre”.

-         Bien Miguel, empecemos nuestro trabajo. Afirmó el profesor.

         Sentándose en la mesa y abriendo el libro, encontró una carta la cual empezó a leer traduciendo al castellano para que Miguel lo entendiera y anotara lo que le fuera dictando. El profesor comenzó con la carta:

“CARTA A DON LUIS DE GUZMA”

“Don pedro de Judea, año de gracia de nuestro señor 1460, 23 marzo”.

         “A los hermanos Fermín de Tolosa, Don Miguel de Toledo, Don Pedro García, Don Jorge de la Calzada y Don Pier de Guillén, todos ellos hermanos del temple.

         Han abandonado la posada y he ordenado que se dirijan a la localidad de Toxiria con mucha cautela. Se encontrarán en la villa de Martos donde les esperan. Doy las gracias en mi nombre y en el de todos al hermano prior calatravo por creer en nuestra inocencia. Desobedecer a sus superiores y ayudarnos en nuestra huida, acogiéndonos en su orden, por ello le juraremos obediencia.

         Poniendo al servicio del hermano prior y de la orden calatrava todos nuestros bienes espirituales y materiales, excepto el tesoro y la biblioteca que trajimos de oriente, que lo ocultará y custodiará hasta la muerte y después de éste, si fuese necesario, el hermano David y el hermano sarraceno Orguf.
         También os encomiendo la tarea de que en el lugar al que os mando no sepan nada de nuestros planes, por lo que en secreto hace tiempo se empezaron a construir unas aulas secretas donde poder seguir con nuestras oraciones y estudios y todo lo necesario para el fin de nuestros planes, sin olvidar que somos hermanos del temple.

         Sé que lo que os pido es algo difícil, casi imposible, pero con la ayuda de Dios lo lograreis”.

“Firmado Don Pedro de Lope”



“CARTA A LOS HERMANOS DEL TEMPLE”

         “Ya he mandado carta al hermano prior para que os asigne la tarea en solitario hasta que todo se solucione, el cual me ha contestado que las obras están terminadas. El lugar designado es un molino de cereales que se encuentra a las afueras de la villa de Toxiria, junto a un río.

         Creo que Dios está de nuestra parte, pues no habría podido asignarnos mejor sitio para nuestros planes. Al hermano Orguf le asignó la tarea de la biblioteca, ya que sus conocimientos no deben perderse. El hermano David, con la ayuda de Orguf y sus conocimientos de construcción, colocarán trampas para que nadie pueda acceder a ninguno de nuestros secretos, pues de ello depende no sólo la vida de todos nosotros, sino la de nuestros hermanos calatravos.

         Me despido de vosotros para siempre pues no puedo poner en peligro vuestras vidas. Rezaré por la salvación de vuestras almas y la bendición de Dios. Hasta siempre”.

“Firmado Don Ramón Valencia”

¿Te das cuenta Miguel como el dinero y el poder más que ayudar complica la vida? Le dijo Don Manuel al chico tras la lectura de la carta.

-         Sí, Don Manuel. Ya me voy dando cuenta. Respondió el chico comprendiendo la enseñanza del profesor.

         Don Manuel dejó la carta a un lado y cerró el libro. Ahora, más que las pócimas y la magia, le interesaba saber que había sucedido con aquellos hombres y buscando de nuevo entre los libros dio con el diario de Orguf, el cual ojeó y empezó a leer.

                                 
“DIARIO DE ORGUF”

“Toledo 28 de junio 1420 año de nuestro señor”.



         Una vez terminado de leer, el asombro hizo aparición en el rostro de Don Manuel.

-         ¿Qué sucede Don Manuel?, preguntó Miguel un poco sorprendido por la reacción del profesor.

-         Mira hijo, si esto que estoy leyendo fuera cierto habremos dado con algo que va mas allá de cualquier creencia conocida, incluso podría tratarse de documentos provenientes de la biblioteca más grande del mundo desaparecida hace muchos siglos.

-         ¿De cuál biblioteca habla, profesor? Volvió a preguntar el muchacho impaciente por saber.

-         Pues creo que la de Alejandría, respondió Don Manuel con cierta sonrisa en su rostro.

-         ¿Qué quiere decir, Don Manuel? Insistiendo Miguel en sus ansias por conocer más de la historia.

-         Lo que quiero que entiendas es que muchas veces lo inexplicable tiene explicación en la investigación y sobre todo en los libros.

-         Tiene usted mucha razón, pues ya sabemos que el fantasma existe.

-         No Miguel. Lo que sabemos es que las personas de esa época tenían unas creencias y una sabiduría que hoy por hoy no las hay. Nuestra tarea es conseguir la verdad para que esto no quede en aguas de borrajas. Debemos estudiar y sacar conclusiones acertadas de lo que estamos leyendo y, al mismo tiempo, si es verdad que el fantasma existe pues mejor. De esta manera, sabremos si los equivocados eran ellos o por el contrario el hombre, en su evolución, ha ido perdiendo la sabiduría o el don que la madre naturaleza o lo divino en un día nos proporcionó. Pero todavía nos queda mucho que investigar y te pido que pongas los cinco sentidos y me ayudes.

-         No se preocupe que lo haré lo mejor que pueda, dijo Miguel.

         Al cabo de una hora, más o menos, todos se reunieron en torno a la mesa. Y debatieron los resultados obtenidos:

-         Ya hemos terminado Don Manuel, dijeron Paco y Luis casi al unísono.

-         No hemos visto nada que nos llame la atención. Terminó Paco.

-         No os preocupéis. No creo que sea necesario, pues creo que todo se resolverá con la ayuda de la literatura aquí presente. Les respondió el sabio profesor.

-         Don Manuel, ¿no sería mejor que Luis y yo nos dedicáramos a explorar un poco más adelante, con cuidado claro? Le prometemos que no tocaremos nada y que regresaremos enseguida. Picando la curiosidad a Paco.

         Don Manuel aceptó a regañadientes, pero, por otro lado, pensó quien podría parar las ansias de investigación a unos chicos de esa edad. Paco y Luis revisaron las linternas y los materiales que iban a necesitar y emprendieron camino al pasadizo que se encontraba en el laboratorio. Al llegar a la entrada donde comienza el pasadizo, lo examinaron. Estaba muy oscuro. Los escalones, aunque en perfecto estado, resbalaban por culpa del agua que se filtraba por las paredes, lo cual hacía peligroso su paso por ellos. En la pared, un asidero de hierro comido por el óxido y unas antorchas entrelazadas con raíces que salían de entre las piedras.

         Empezaron el ascenso con mucho cuidado, cuando se encontraban a medio camino, presintieron algo inexplicable. Un frío helador les recorrió todo el cuerpo seguido de una brisa. Una presencia o algo que de alguna forma a los chicos les impedía continuar. El miedo les recorrió el cuerpo. Una voz lejana y terrorífica les llegaba conducida por el aire diciendo:

-      Marchad de aquí y no volváis o la maldición caerá sobre vosotros.

-      ¡Sólo queremos saber la verdad!, dijo Luis al viento.

-      En verdad os digo que la verdad ya la sabéis. El tesoro está maldito. Aquel que ose acceder a él, quedará maldito también. Marchad ahora que aun podéis. Respondiendo a los chicos la voz terrorífica.

-      ¿Quién sois? ¿Acaso el fantasma? ¿Y cuál es su nombre? ¿Por qué no se deja ver? Preguntó Paco con un tono de coraje y terror al mismo tiempo.

-      Yo era el padre José, sacerdote del pueblo, pero la avaricia me hizo caer en la maldición. Después de no hacer caso a un buen pastor, vine buscando el tesoro y me tope con el espíritu que guardaba el tesoro y lo seguí. Al entrar en la gruta por el acceso que me dijo el pastor, la piedra se cerró y mi muerte fue lenta y agonizante de sed y hambre. Una vez muerto, mi alma quedó atrapada con el tesoro hasta que otra persona avariciosa intentara encontrarlo. Pero eso no ha sucedido desde mi desaparición. Nadie a osado andar por aquí al anochecer.

        
         De repente una mano se poso en el hombro de Paco que hizo que el chico gritara de pánico, orinándose en los pantalones, pues las voces habían echo acudir a Don Manuel hasta donde se encontraban los chicos y escuchar toda la conversación.

-         ¡Tranquilo, soy Don Manuel! Estaba allí con Miguel agarrado del brazo y temblando.

-         ¡Soy el profesor Don Manuel García y queremos ayudarle!, dijo Don Manuel. Sabemos que el tesoro está maldito pues lo hemos leído en el diario de uno de los templarios, pero también acabamos de saber que la maldición tiene un fin, pero necesitamos su ayuda.

-         ¿De verdad podéis liberar mi alma? Pregunta que se oyó al mismo tiempo que la puerta que al final de la escalera se habría.

         Todos subieron hasta llegar a la sala donde, al entrar, se quedaron de piedra al ver el tesoro que allí se encontraba. No se quedaban cortos los que desde tiempos remotos decían que el tesoro era enorme. Unas antorchas iluminaban hasta el punto de cegar, pero de pronto en un lado de la sala hizo aparición un ser a lo cual los chicos se apegaron al profesor muertos de miedo.

-         ¡Soy Don José López de Murriada, guardián del tesoro y la maldición! ¡Llevo 468 años aquí! ¡¿Decís que podéis ayudarme?!

-         ¡Así es! Hemos leído en el diario que sólo desaparecerá la maldición cuando el tesoro se encuentre a salvo de las manos del hombre. Interviniendo Don Manuel, pues era el único capaz de articular palabra.

-         ¿De verdad sabéis como hacerlo? Pues por Dios y en nombre de él os pido que lo hagáis. Respondió el espectro con un tono de ruego.

-         Si es más fácil de lo que parece, pero necesito su ayuda. En este lugar hay un laboratorio. Bastaría traducir la fórmula para conseguir un ácido que deshaga el metal precioso.

-         Y, ¿en qué os puedo yo ayudar?
 
-         Pues he leído en uno de los pergaminos que al entrar en la maldición también reciben los poderes mágicos de abrir y cerrar la tierra.

-         Lleváis razón. Decidme, ¿qué debo hacer?

-         Pues he pensado que como en el tesoro hay piedras preciosas, imposible de destruir, que cuando hallamos destruido los metales preciosos habrá la roca más dura y más grande donde depositar los restos del tesoro y mandarla lo más profundo que se pueda. Después, entre todos, recitaremos un maleficio que haga imposible abrir esa roca. Además, este tesoro siempre ha estado maldito por la codicia de conseguirlo y creo que al intentar destruirlo, el maleficio podría invertirse. Lo siento pero es lo único que se me ocurre en esta situación y por intentarlo que no quede.
   
         Miguel tiraba de la camisa del profesor llamando su atención:

-         ¿Qué quieres Miguel?

-         ¿Ya no seremos ricos Don Manuel? Preguntó el muchacho con cierta cara de lástima.

-         Ahora no es eso lo que importa. Todo se andará.

         De repente, bajo sus pies la tierra empezó a temblar. Una luz cegadora dio paso a una grieta enorme bajo sus pies:

-         ¡Ya tenéis mi parte!, dijo el espectro.

-         ¡Bien! ¡Pues manos a la obra! Tú Paco, con la ayuda de Luis, empieza a arrojar en la grieta todo lo que no sea metal. Yo con Miguel haré la fórmula para deshacer el metal. Creo que en el laboratorio he visto productos químicos para conseguirlo. Dijo el profesor organizando a los muchachos.

         Al cabo de una hora, Don Manuel regresó con varios cubos que desprendían un olor casi irrespirable:

-         ¿Habéis terminado Paco?

-         ¡Sí, esto ya está hecho!, respondió Paco.

         En una vasija enorme echaron todo el oro y la plata. Luego añadieron el ácido, el cual empezó a hacer su trabajo. Todos tuvieron que retroceder hasta la sala anterior a esperar que los gases se disiparan. La tristeza se reflejaba en la mirada de los chicos. Sus ilusiones se habían esfumado como el oro en la vasija.

-         ¿Qué pensáis? Preguntó Don Manuel a los chicos.

-         Pues que ya no seremos ricos, contestaron los tres a la vez.

-         ¿Por qué no? Respondió Don Manuel.

-         Pues ya no tendremos el tesoro, dijo Paco.

-         Eso es cierto. Pero no quiere decir que no vallamos a ser ricos y famosos, sentaros y os lo explico.

         A los chicos se les cambió la cara. Se sentaron a la espera de la explicación del profesor:

-         ¿Qué observáis a vuestro alrededor? ¿Acaso no veis la riqueza que estas paredes encierran? Toda esta literatura, los ornamentos y las antigüedades que aquí se encuentran valen casi más que un tesoro de joyas y oro. Pero nos queda otra labor: hay que hacer desaparecer cualquier documento que hable del tesoro.

-         Pero eso es mentir, respondieron los chicos

-         Así se ha escrito siempre la historia, con verdades a medias y, por el contrario, seremos más ricos de lo que os imagináis y además héroes por salvar las almas de estas personas, pues aunque joyas y oro no tendremos, sólo el hallazgo que hemos descubierto, la biblioteca, las armas y las obras de arte, nos sobra. Si lo hacéis así lo habréis conseguido chicos.

-         No lo conseguimos, pues esto ha sido obra de los cuatro. Pero dígame, ¿qué más se le está pasando por la cabeza Don Manuel? Preguntó Paco.

-         No sé, chicos. Pienso que este tesoro está maldito y aunque lo ocultemos no será suficiente. Debemos destruir todo lo que hable de él en la biblioteca para que nadie jamás le dé por buscarlo, ya que sabéis que muchos hombres buenos han muerto. Y es más, han padecido hasta después de muertos por culpa de este maldito tesoro.

-         Ahí lleva razón. Pero, ¿qué trata de decirnos? ¿Que olvidemos el descubrimiento y lo cerremos todo?  ¿De qué nos habría servido el esfuerzo? Dijo Luis.

-         De mucho más de lo que creéis. Tú Paco has aprendido a pintar y descifrar cuadros y retablos despertando en ti una cualidad que quizás nunca hubieras descubierto. Tú Miguel las letras no eran tu fuerte y, sin embargo, esta experiencia te ha demostrado que, por el contrario de lo que creías, la literatura no es tan aburrida, incluso sabes un poco de latín. Si sigues así algún día podrías ser un gran historiador, pues sabes poner atención. Y Luis, ¿acaso no eras inteligente pero sin iniciativa? Alguna vez nos has ido guiando como si fueras el motor de todo y el cerebro de todos, pues tienes cualidades de investigador las cuales tampoco hubieran aflorado si no hubieras vivido esta experiencia. También habéis experimentado otras cualidades importantísimas en la vida como el compañerismo, la amistad, el coraje o el trabajo en equipo. ¿Os parece poco tesoro ese? Además, yo no digo de perderlo todo sino sólo el tesoro.

-         ¿Y qué nos quedaría según usted? Pregunto Miguel.

-         Pues toda la documentación, libros de gran valor histórico, las armas y objetos religiosos, las monedas y, sobre todo, sacar a la luz los nombres de las personas que sufrieron el tener que ocultar sus nombres por el simple hecho de tener este tesoro, pues eso también tiene mucho valor y la gente sabrá recompensaros el descubrimiento. Os aseguro que seréis igual de famosos, pero creo que esas almas se merecen el descanso eterno.

-         Lleva razón, Don Manuel. Pero, ¿donde lo escondemos? Asintiendo con la cabeza de nuevo Miguel.

-         Yo creo chicos que el pozo que hay en mitad de la galería seria el sitio idóneo.

-         ¡De acuerdo! ¡Pongámonos manos a la obra! Contestaron los tres chavales, orgullosos de sí mismos, agradeciendo a Don Manuel los elogios hacia ellos, llegando a comprender lo que les había querido decir.

         Luis, mientras iba arrojando el tesoro al pozo, percibía que el ambiente negativo que habían ido percibiendo desde que entraron en la primera galería el primer día se iba desvaneciendo. Luis miró a Don Manuel, el cual respondió con un gestó positivo dando a entender lo que quería decirle como si el también lo percibiera. Al terminar estaban muy cansados y regresaron a la salida donde sin darse cuenta se les había echo muy de noche. Una vez cerrada la losa, se encaminaron hacia la salida del molino con la idea de regresar al pueblo.

         Justo al salir del molino una luz cegadora les hizo volverse. Una persona vestida con ropas de soldado medieval con la espada templaría dibujada en el pecho y un cura los miraban sonriéndoles. Les hacían una reverencia. De sus bocas salieron las palabras “¡Muchas gracias y que Dios os bendiga!”. Y lo mismo que la luz de momento apareciera, del mismo modo desapareció, dando paso al sonido de los grillos y ranas mezclados con el paso del agua por el río. Sonidos normales en aquel paraje.

         Se miraron y sin decir palabra alguna se llenaron de orgullo más si cabe. Siguieron el camino de regreso al pueblo planeando lo que iban a decir a la gente cuando les preguntaran gastándose bromas los unos a los otros, pues a más de uno los iban a tratar de locos cuando hablaran del fantasma.

         La amistad que tenían era grande, pero más lo era a partir de ahora, después de haber vivido esa experiencia se había reforzado para la eternidad.

FIN


        



         En esta historia no quiero más que recabar los valores de la enseñanza, los cuales no serían posible sin el esfuerzo y la dedicación altruista, más que económica de los llamados profesores a los cuales dedico homenaje y mi reconocimiento a su labor.



El autor. Elio Ortega Gutierrez