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miércoles, 6 de octubre de 2010

estilo de vida errante

Los más pequeños correteaban por aquel barrizal, compartiendo terreno con las ratas y los montones de chatarra y cartones preparados para su venta, los mayores hacían círculos con las sillas de enea desgastadas, junto a una lumbre improvisada para la ocasión, pues el día amaneció frío y apunta lluvia.
Las mujeres, iban y venían de chabola en chabola unas pidiendo cualquier cosa para el guiso, y otras por charlar un rato de sus cosas, ya que hoy es domingo y hay poco que hacer, lo cual hacia que todos los miembros, chatarreros , vendedoras de flores e incluso las que echan la buena ventura , se encontraran en el poblado, pues con este clima poco negocio podrían hacer.
Ya llevábamos dos años establecidos en este asentamiento, desde que nos echaron del anterior por culpa de la especulación urbanística, del cual guardo muy buenos y malos momentos, creo que otro trozo de mi vida se quedo allí, pero si algo echo en falta del poblado anterior es aquel roble enorme donde pase muchos buenos ratos.

La verdad a mis ochenta años ya no me apetece el andar de un lado para el otro.
Estoy tan cansado que he declinado mis obligaciones como patriarca en otro más joven que yo, pues no me siento con fuerzas físicas ni mentales para llevar mi cometido adelante.
Paso el día recordando el tiempo pasado, pues el futuro es mas bien incierto, y creo que corto para pensar mucho en el.
A mi mente me vienen recuerdos de una vieja carreta tirada de mulos, en el interior dos candiles de aceite viejos pero aun en servicio alumbraban todo el interior, mi madre, gitana canastera se dedicaba a cortar las rosas, que después en canastas vendíamos por las localidades que pasábamos, mi padre gitano de Jerez, pasaba todo el día cantando en tabernas y casinos para sacar unos reales.

Estuviera alegre o no el cantaba todo el día, lo cual se podía deducir si la canción era mas alegre o no.
El decía que lo mejor que le había dado dios, era su voz y su vida errante, que no hubiera podido vivir de otra manera, pues era lo que habían hecho de generación en generación su familia.
Yo en cambio pasaba el día sentado en las escaleras traseras de la carreta, viendo como perdíamos de vista otro pueblo, pensando si algún día podría vivir como un niño normal, con una casa, amigos, el colegio, entonces mi mente empezaba a soñar despierto, hasta que mi padre pillaba un bache y o bien me hacia caer, cuando no me despertaban el ruido de los pucheros que colgaban de uno de los lados del carro, entonces me apeaba de el y dejaba que se alejara en el firmamento como si quisiera quedarme allí, pero el silbido de mi padre cruzando el viento llegaba hasta mi, lo cual me hacia correr hasta alcanzarlo, cuando llegaba junto a la carreta mi padre que había parado, me invitaba a subir junto a el y me dejaba las riendas.
Cuando se aproximaba la hora de comer, mi padre empezaba a ponerse nervioso, pues el decía que no sabia igual la comida si no era junto a un río, incluso muchas veces en el que el almuerzo se nos hacia cena, buscando un arroyo, pero siempre merecía la pena.
Al llegar al arroyo lo primero que hacíamos, era buscar leña para el fuego, donde mi madre con mucha maña preparaba el guiso, mi padre agarraba su vieja bota de vino y tomaba varios tragos antes de comer, yo iba y venia con calderos de agua para lavar los utensilios.
Después de comer mi padre planificaba la llegada al poblado siguiente, y si el entendía que llegábamos con tiempo, hacíamos noche allí mismo, yo saltaba de alegría, y pedía a mi madre que me dejara dormir fuera, para ver las estrellas hasta que el sueño me vencía…….. continuara